Agárrame fuerte y estréchame entre tus brazos. Y regálame tus besos,
esos que repartes por mi cuerpo y mis labios mientras me aprietas con
fuerza, como si temieras que pudiera escapar en ese mismo instante.
Para que pueda recordar besos que me traen sabor a comienzos y a
ilusión. Besos cargados de sueños de futuro, de esperanzas. Aquellos.
Regálame también tus ojos. Para que pueda devolverte un mundo de
miradas. Miradas llenas de sonrisas, de alegría, de pasión. Dame tus
ojos recorriendo cada curva de mi cuerpo desnudo, para que pueda
sentir tu deseo en ellos y encender el mío. Y dame un poco de tus
manos, paseando a la par que tus miradas por mi piel. Y así cuando tus
miradas, tus manos y tus labios se junten en mi cuerpo y mi corazón
empiece a latir con fuerza, me sentirás completamente tuya.
Dame la fuerza de tu sexo. Déjame posar mis labios sobre él,
acariciarte sin prisa, sintiéndote tan cerca, sintiéndote tan mío.
Quiero abrazarte, llenar mi boca de ti, calmar mi hambre y mi sed,
escucharte. Quiero y necesito que tu voz acalle cualquier otro sonido.
Regálame el deseo de tu sexo, regálaselo al deseo que llena mi cuerpo
e invade mi alma, y tras él poder ocultar temores y dudas. Déjame
sentirte en mi interior como si nunca pudieras dejar de estarlo, para
que pueda olvidar que en algún momento hemos dejado de ser uno para
convertirnos en dos, uno inalcanzable otro incomprensible. Volver a
sentir que nos une un mismo destino y que el camino que cada uno
tenemos por delante es inexorablemente uno sólo.
Déjame refugiarme entre tus brazos esta noche porque cuando me abrazas
y siento tus caricias, soy capaz de olvidarme de todos los silencios y
todos los vacíos. En esos momentos y por mucho que me busque, la
maldita soledad no es capaz de encontrarme.
















